sábado, 3 de enero de 2015

Una breve historia sobre Benjamin Cap. II


El ocaso se hizo noche, y la noche desembocó en el alba, y en el alba se fue danzando como el humo buscando el cielo, sin tocar una sola nota o escribir un solo acorde. Se fue como un héroe, en secreto y sin llevarse el crédito por arriesgar su vida.  Mientras otros soñábamos un futuro, no mejor, sino distinto, él abría sus alas para decir adiós, dejándonos claro los designios de su Creador. Una gota de luz que para no extinguirse se suma al flujo universal de una vida no comprendida más allá de la vida por muchos seres humanos.

Despertar no fue grato en la distancia, menos recorrer kilómetros para enterrar los restos de su recuerdo físico. Ahora escucho las canciones que él escuchaba, cómo si fuese música compuesta por él, no me había atrevido a colocar ese CD desde que lo encontré. Una tristeza tan profunda invade mi cuerpo, y solo pienso cómo reemplazarla con alegría, pienso en que no quiero que vuelva, en que depende de mí que su estancia halla sido ideal para que cumpliera su propósito... Pero qué ilusión de control tan absurda, es imposible ¿Cómo? Muy pocas personas saben el desastroso estado mental que induce al suicidio, y no, no estoy haciendo una carta de despedida, eso sólo me alejaría más de él y de EL, por suerte conozco un poco de su voluntad. Volviendo al tema, poco saben la fragilidad mental por la cual atraviesa alguien sumido en tal depresión, y me reconforta saber que a mucha gente le llega este pensamiento cuando pierde un ser querido, pero la vida sigue, y es maravillosa, como el sol inclemente que alumbra al mundo desde la venta que yo observo mientras escribo, el viente que esparce su aliento a quienes caminan bajo cielo, cómo éste mueve las hojas, las hormonas para que muchos allá afuera se enamoren, creen vida, y la sustenten.

Cada canción que pasa es como una puñalada, y tengo miedo de estar solo en este apartamento, escuchando canciones tan hermosamente profundas, con los ojos como cristales a punto de romperse... qué diera por escuchar su risa y obtener ese brío para enfrentar la vida. El mismo furor que me impulsó a salir corriendo tras la fatal noticia, "Cuando me levanté ya estaba muertito" y como un eco escucho estas palabras, la música para estimular su cerebro, mi kilómetros de distancia, el arco iris que vi en el camino como símbolo de esperanza, como si se despidiera con un beso. Por suerte una gran cantidad de serotonina me dice que no cometa el error más grande de mi vida.

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