sábado, 3 de enero de 2015

Una breve historia sobre Benjamín Cap. I



Así poseyera el idioma de los elfos, o relatara con el amor que un hobbit tiene por su comarca, con la valentía de un hombre quien lucha consigo mismo, o elaborara hermosos versos cómo tallan la piedra y las gemas los enanos. No podría acercarme ni a la punta del iceberg de esta historia, sólo con  el amor inmortal de quien se sumergió en estos cuentos, se puede describir siquiera la breve y bella historia de un hijo, Cuyo cuerpo reposa bajo el mármol negro de la muerte, y la elevación de su alma toca el éxtasis infinito de la creación, y fluye como un río de luz y de estrellas. Esta es la historia de Benjamín.

Sus ojos como dos zafiros negros, misteriosos y profundos como la noche. Guardaban en ellos la misma belleza de la bóveda celeste, su tez morena como una perla, como una herida de un grano de arena en una ostra, aunque lastimera; crece su belleza al igual que su recuerdo. Su cabello como una seda, dorada a la luz  castaña a las sombras. Sus manos como la delicadeza de un canto, que al abrirlas ofrecían más de lo que cualquiera podría recibir. Su risa era como un jardín de ángeles, que sólo el creador puede describir, además del brillo de su amor puro, como las joyas más blancas y luminosas que las mismas estrellas.

Su mirada era de un poeta, que hacia alquimia en los corazones: transformaba el cansancio en brío, el dolo en paciencia, la angustia en un hilo de esperanza inquebrantable, el odio y la frustración los convertía en fe y cariño, a la distancia la hacia añicos con sus gritos de incalculable ternura, y verle dormir era encontrar el final del arco iris o contemplar la aurora. Porque el abrir de sus ojos significaba una lucha prodigiosa para permanecer con vida cada segundo, mientras tanto sumidas en el silencio, las manos atentas cuidaban sin reposo que su faena se cumpliera a cabalidad, sólo para entender, que no bastaban las noches en vela para prolongar su viaje, porque sin avisar y ya con su equipaje en mano, mirándome con sus ojos azabaches de nobleza gaucha, me explicó que el amor no tiene límites, ni siquiera la fría muerte puede ponerle fin al combustible del alma (el amor).

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